Hoy he comprobado que existen cosas especiales en la vida. Muy especiales.
He comprobado como un pésimo día, puede volverse bueno en un instante fugaz.
He comprobado que tener dudas en ciertos momentos sirven para que te arrepientas muchísimo después, justamente tras el mismo momento.
Y, lo mejor, he comprobado que hay magia, una magia que nunca pensé que yo encontraría, pues me resultaba como un mito.
Todo comienza por levantarme. Hay días que es mejor no salir de la cama, pero en fin, no había más remedio: problemas por casa que me hacen coger el autobús de las 10:00, cuyo trayecto no pasa por la Universidad; mi cabeza mojada por haberme lavado el pelo, congelándoseme debido a que el bus pasa a las 10:20; parada en la estación de autobuses, lo que me hace ir a toda leche hacia la Uni (queda "lejitos"); las converse se escurren, casi me caigo; los semáforos cambian justo cuando yo voy a cruzar; no cojo el juego que tengo que devolver; gasto saldo para quedar con un amigo que al final no ha quedado; los asientos típicos de clase, los han ocupado otras; me duele el estómago mucho todavía; no desayuné; hace frío y empiezo a moquear; creo que la cabeza me va a estallar en cualquier momento; no quiero estar donde estoy, pero tampoco quiero volver a casa...
Es normal que, si todo te va mal un día, pequeños detalles que pasan desapercibidos siempre, te supongan algo enorme a afrontar, algo que te disgusta/enfada.
Acaban las clases, que se prolongan hasta las 14:30 y me dirijo a coger el bus, mi amado bus, resignada a pasar un día de mierda, teniendo que volver a la tarde a coger el coche para mañana examinarme nuevamente.
Me siento, sola. Sube más gente. No me fijo en si son estudiantes o no.
Noto a alguien en el pasillo, a mi lado, mirando hacia mí. Levanto la vista y veo al último pasajero que ha subido: es un chico. Me dice algo que no escucho, pues tengo los auriculares puestos, pero le sonrío y le digo que el asiento está libre. Me devuelve la sonrisa y se sienta. Se mueve mucho, intranquilo. Nuestros brazos se tocan y ninguno se mueve. Comienzo a notar un calor agradable en él, así que me niego a moverlo pase lo que pase. Pienso que debería decirle algo, un saludo, un simple "hola", pero no lo hago. Llegamos al pueblo y el autobús frena bruscamente. Se incorpora, siempre sin retirar el brazo. Me quito un auricular, el que daba hacia su lado. Digo algo que no recuerdo, a modo de pensamiento en voz alta. Se vuelve hacia mí, y comienza a hablarme. Me pregunta si soy del pueblo, si estudio/trabajo en Jaén, cómo es que no he pillado un piso allí para estudiar... El diálogo comienza, sí, pero demasiado tarde: he de bajarme ya.
En un instante pensé que debería pedirle el teléfono, o preguntarle de dónde es, o el nombre al menos. Pero no, sonrío para bajarme mientras lo miro, y él a mí, con unos ojos azules fijos en los mios que me han seguido mientras bajaba las escaleras. Mi sonrisa se hace amplia, se vuelve parte de mi rostro. Mi entrecejo fruncido se ha ido.
Mi mal día ha desaparecido en un instante y, aunque sigo sonriendo, estoy arrepentida de no haberle dicho nada.
No podré darle las gracias al chico de ojos azules que me ha alegrado el día pues, seguramente, no volveré a verlo.
Pero soy feliz por habérmelo encontrado al menos una única vez.