No tenía miedo. Estaba pensando continuamente qué hacer en cada momento.
Llevaba ya unas dos horas bajo su amenaza, casi el mismo tiempo que hacía que me había ido de casa. No me había marchado por una pelea ni nada por el estilo, simplemente, iba a ir a visitar a un amigo, así que mis padres también aprovecharon para salir a dar un paseo.
Fue llegar a su casa y encontrarme con la escena crucial: el padre de mi amigo tenía a toda la familia atada y amordazada. Me quedé quieta al ver el panorama, pero eso no evitó que él me viera. Pese a verlo acercarse a mí con el cuchillo en mano, seguía sin tener miedo. ¿Por qué no me daba un ataque? ¿Por qué no hiperventilaba? Ni idea. Tampoco sé cómo sabía que aquel hombre no quería hacerme daño… O al menos no en el sentido de “te clavo este cuchillo”.
Realmente sus intenciones eran peores, y yo lo sabía antes de que dijera nada, pero por si me quedaba alguna duda, las disipó con las asquerosas palabras que salieron de su boca, después de haberme hecho una revisión completa:
- Vente conmigo dónde yo quiera o culpa tuya será si estos de aquí mueren.
No despegué los labios en ningún momento. Vi como ese ser me aferraba del brazo y me conducía fuera de la casa, se guardaba el cuchillo dentro de la chaqueta, cerraba la puerta con suavidad y me empujaba dentro del ascensor. No me gustaba la sensación de estar encerrada en un ascensor con un psicópata, y menos aun sabiendo lo que quería de mí. ¿Y el miedo? ¿Dónde había ido el miedo? Seguía sin encontrarlo.
- Tienes un cuerpo muy desarrollado para tu edad… Y esa cara... Esa cara hace que… – No llegó a terminar lo que estaba diciendo, ya que su rostro estaba hundiéndose en mi pelo mientras me sujetaba por los hombros. Hubiera sido el momento propicio para darle algún golpe, pero seguíamos en el ascensor, lo que limitaba mis movimientos.
Llegamos a la calle – al menos no había decidido hacerlo ahí mismo en el ascensor – y me rodeó la cintura con el brazo, un brazo para nada musculoso, pero que aun así, imponía respeto. Me fijé en que temblaba un poco: los nervios lo estaban devorando por dentro. ¿Y a mí? ¿A mí por qué no? Se suponía que yo era la que tendría que estar histérica, y sin embargo, era él el que lo estaba. Sin que me soltase, intentaba actuar con normalidad, mientras me guiaba a lo largo de las calles. Pese a todo, sabía que llamábamos la atención, puesto que estábamos a plena luz del día, caminando por zonas en las que había bastante gente y él era un hombre entrado en años y yo contaba con una cara de niña que me quitaba edad al instante.
Por un momento, la suerte pareció volver a mí, e hizo que unas compañeras de clase me vieran cuando estábamos entrando a un parque. Gritaban mi nombre y saludaban con ánimo y yo correspondí con una sonrisa. ¿Pero cómo podía recordar cómo se sonreía en esos momentos? Mi verdugo, para no levantar aun más sospechas de las que ya había, me susurró antes de soltarme:
- Recuerda que de ti depende la supervivencia de una familia. – ¡Qué hombre más repugnante!
Me dirigí hacia las chicas, quienes ahora claramente preocupadas, más por el hombre, nervioso, que por mi reacción, preguntaron si me encontraba bien. Yo seguía manteniendo el rostro sereno y pensaba en la familia que estaba bajo mi “protección”, así que crucé un par de frases más con ellas y me volví hacia mi tortura. ¿Por qué no les decía nada? Podrían avisar la policía y que fueran a casa de mi amigo a rescatar a la familia y luego venir a por mí… O alguna otra cosa. ¿Por qué me callaba? ¿Acaso mi mente, mis pensamientos de qué hacer, eran lo suficientemente seguros y exitosos como para negarme a tener un plan B?
En cuanto vi que dejaba atrás al grupo mientras me encaminaba hacia él, una chispa de sentido común llegó a mi cerebro. Esa chispa hizo que, en cuanto me cogió con fuerza la muñeca, yo reaccionara, por fin, pegando un tirón y alejándome a toda prisa de él. Corría como nunca lo había hecho antes y, mientras lo hacía, ya no pensaba en ataques contra él, en acciones cuando me tuviera dónde él deseaba que estuviese… No. Sólo pensaba en esa carrera.
Mis ojos se dilataron cuando reconocieron dos figuras en la otra punta del parque: eran mis padres. Corrí aun más, impulsada por las ansias de llegar hasta ellos. Ya no sabía si el hombre me seguía o si alguna vez me siguió, sólo tenía en mente la visión de mis padres.
Grité con fuerza, llamándolos y vi que me oyeron y que se sorprendían al verme correr hacia ellos. Llegué hasta su lado y, sin pensar nada ya, los abracé, con fuerza, como si mi vida dependiese de ese abrazo. Y en parte, así era.
Ya, sin poderlo evitar, ni querer evitarlo, lloré. Lloré sin parar, como una niña pequeña, asustada, muerta de miedo. Lloraba fuerte, gritando, mientras los abrazaba. Nunca me había alegrado tanto de tenerlos.
- ¿Qué le ocurre a esta niña? – Oí cómo preguntaba mi padre a mi madre. No era extraña la pregunta, ya que nunca había sido cariñosa ni efusiva.
- No lo sé cariño. – Supe que sonreían, con lo que estaba claro que no entendieron mi rostro de terror ni la angustia que sentía, pero nunca los iba a culpar por ello.
- El hombre… Aquel hombre… Quería… Quería llevarme con él… Me amenazó… Si no hacía lo que él quería, la familia… - farfullé entre llantos, intentando explicarme.
Noté entonces cómo me apretaban entre sus brazos, abrazándome también, comprendiendo por fin qué ocurría. Oí a mi padre gruñir y lo noté temblar de rabia… Pero a mí eso ya no me preocupaba. Ya no me preocupaba nada.
La familia podría esperar, al igual que mi verdugo, que pronto pagaría.
Ahora sólo importaba que expulsase la adrenalina generada, que volviera a retomar mi calma tras la tempestad, que me abrazasen y me mimaran.
Ahora sólo importaba yo.